Dios se revela a la humanidad a través de su creación (1.20).
Pero la humanidad suprime esta manifiesta revelación, y su supresión de algo tan evidente no tiene excusa (1.18-20).
El resultado es un circulo vicioso:
Por eso el día de la ira de Dios se acerca, cuando Dios juzgará los secretos de toda la humanidad por medio de Jesucristo (1.18ff, 2.5-11, 2.16).
Pero Judíos y Gentiles son igualmente culpables ante Dios (caps 2-3, esp. 2.1-3, 2.17ff, 3.9ff, 3.23).
Dios es bondadoso y pacientemente espera para que las personas se arrepientan (2.4). Y no ha juzgado todavía los pecados de los que vivieron antes de Cristo (3.25).
Los profetas prometieron un evangelio (1.2), y la ley y los profetas testifican que ha de haber una justicia de Dios por fe en el futuro (3.21-22).
Jesús vino como descendiente de David. Dios trae la redención por medio de él—Dios lo presentó como sacrificio (3.24). Y por su resurrección el Espíritu proclama que Jesús es el Hijo de Dios (1.3-4).
Dios llamó a Pablo para que predique su evangelio a los Gentiles (1.1, 1.5, 1.14-15).
Su “evangelio” es el poder de Dios y revela una justicia de Dios (1.16-17), que es aparte de la ley (3.21), por la cual Dios mismo es justificado aunque justifica a los pecadores (3.26).
Las personas que Dios declara justas son personas que tienen fe en Jesucristo (1.17, 3.22, 3.25). Ellos obtienen la “salvación” (1.16) y producen la “obediencia que procede de la fe” (1.5).